Wednesday, September 16, 2015

El catalanismo, del éxito al éxtasis. I. La génesis de un problema social

La propagación de la quimera
por Félix Ovejero Lucas

Martín Alonso
El catalanismo, del éxito al éxtasis. I. La génesis de un problema social
Barcelona, El viejo topo, 2015
286 pp.


No llevo las cuentas, ni tampoco sé por dónde buscarlas, pero, en mi condición de frecuentador de librerías, diría que la sección política en los últimos años ha estado casi monopolizada por libros dedicados al nacionalismo catalán. Preciso el sesgo de la muestra: mi observación se basa en las librerías de mi ciudad, Barcelona. En Gerona, seguro que aún más. Para sorpresa de los nacionalistas catalanes, convencidos de que no preocupa otra cosa que sus tribulaciones, en Madrid, por lo que tengo paseado, no sucede lo mismo. Más bien sucede al revés, que en España, sencillamente, «pasan», como si con ellos no fuera la cosa. Lo entiendo, aunque se equivocan y resulta grave.

Los libros que uno encuentra en las librerías barcelonesas, incluso en las más reputadas, son, por lo general, de calidad menesterosa y tonalidad monocromática, de bandería, para azuzar a los propios más que para desmontar los argumentos ajenos. Eso sí, el género es diverso. Como en botica, podemos encontrar de todo: historia, economía, política, filología, humor, infantiles, literatura. Y están escritos por los más dispares gremios: periodistas, humoristas, historiadores, políticos profesionales. Algunos hacen, incluso, de todo a la vez: periodistas, humoristas, historiadores, novelistas. Y, para lo que es común en estos quehaceres, aparecen por todas partes, en tertulias de radio por la mañana, programas de humor por la noche, en columnas de prensa local, en la dirección de memoriales interminables y, sobre todo, en televisión. Una pequeña industria que, en su mayor parte, se sostiene con dinero público. Salvo excepciones, contadísimas, son trabajos escritos a chorro abierto, ajenos a la literatura académica, al afán de precisión, sin notas al pie y despreocupados de documentar sus afirmaciones.

En ese panorama, el libro de Alonso resulta raro. Lo es porque su autor, aunque no vive en Cataluña, no «pasa» del problema ni opina a bulto; al contrario, dispone de un conocimiento –que ya quisieran para sí muchos cronistas barceloneses– de cada uno de los inquilinos de «el manicomio catalán», por decirlo con el título de un exitoso libro de Ramón de España. También es raro porque se trata de un libro musculado argumentalmente, incluso difícil a trechos, escrito con prosa elegante, atento a literatura académica, con documentación empírica, vocación teórica y un guión de largo aliento. Tan largo que, según nos anticipa el autor, necesitará de un par de volúmenes adicionales para completarse: uno dedicado a los procesos doctrinales (incluidos los académicos) y las cajas de resonancia mediáticas del quehacer nacionalista, y el otro al meollo de la doctrina, a ese victimismo esencialista del destino robado, de una fabulosa vida subjuntiva que el trato con España abortó y que se condensa en el lamento «con lo que nosotros podríamos haber sido si no se meten en nuestro camino». Como ven, el proyecto promete.

Otra rareza es el uso de las herramientas de la filosofía, incluidas las del análisis y hasta la de la gramática. En realidad, esta es una rareza rara, una metarareza, si me permiten. Porque lo inexplicable es la indiferencia de los filósofos serios hacia el nacionalismo. Para cualquier investigador con vocación de claridad y precisión, el nacionalismo es una bicoca y, en ese sentido, resulta un enigma el desinterés de nuestros filósofos políticos. El nacionalismo levanta su mitología en un lenguaje inflado, sostenido en entidades fantasmagóricas (identidades colectivas, lenguas propias) y atribuciones imposibles (voluntad de ser, dignidad, comodidad), y tramita sus argumentos en el negociado de las falacias y las circularidades. Es el ejemplo perfecto de performatividad: crea la realidad que expresa. Lo dejaron dicho los clásicos del asunto: el nacionalismo precede y se inventa la nación en nombre de la cual habla. Al servicio de ese proyecto construye una retórica saturada de trampantojos, en la que nada es lo que parece: sin avisar, las definiciones se mudan en afirmaciones empíricas, y las afirmaciones empíricas en juicios de valor. Sin ir más lejos, y con un ejemplo que, aunque no recoge como tal el libro, está en sintonía con su proceder, sucede con la idea imprescindible del nacionalismo y del secesionismo: la nación opera unas veces como una (mala) definición (la nación es un conjunto de individuos que creen que son una nación); otras, como una descripción (ese conjunto de individuos que están por ahí y que comparten ciertos rasgos culturales); y otras, como un concepto normativo, como unidad de soberanía: unos individuos dotados de un derecho –a decidir aparte– que exige negárselo a otros. El truco del trilero consiste en pasar la bolita de un significado o de un género a otro escamoteando las premisas intermedias, en particular, una fundamental: este conjunto de individuos, que creen que comparten algo, realmente comparten algo y, por ello, tienen derecho a decidir aparte.

Pero su mayor rareza, que también es una rareza rara, es que se trata de una crítica de izquierdas. Esta metarareza es genuinamente hispánica. Las simpatías hacia un nacionalismo secesionista rico –perfectamente equiparable al de la Liga Norte con la Padania– es una anomalía española necesitada de explicación: el nacionalismo es, constitutivamente, esencialista y reaccionario, con la mirada vuelta hacia atrás, hacia un momento original que habría que recrear. El ideal de ciudadanía, germen normativo de la izquierda, resulta incompatible con una mitología nacionalista que vincula la calidad moral de los ciudadanos –y sus derechos– con su grado de proximidad a una fabulada identidad colectiva. No es una broma, porque mientras la ciudadanía, como la igualdad, no admite grados, la identidad, sí. Así las cosas, habría ciudadanos más puros que otros: vamos, que no hay ciudadanos. Nos lo anticipa sin pudor Salvador Giner en una de las perlas recogidas por Alonso: «És molt possible que d’aquí dos o tres anys sigui un bon moment pels botiflers o pels que es volen acomodar i dir: sí, catalans, però no tant».

En todo caso, conviene advertir rápidamente que no estamos ante un ensayo de filosofía política al uso, anémico empíricamente, instalado en el mundo del espíritu y las definiciones, sin historia ni detalles. Las tesis que sostienen la argumentación se apuntalan con abundante información recogida, en muchos casos, de la prensa diaria. Hay control empírico en el documentado seguimiento del proceso soberanistas. Y también hay control empírico en la comparación, en el continuo uso de paisajes de contraste, como los Balcanes, el País Vasco y, en menor grado, Israel, un proceso de construcción nacional que siempre ha cautivado al nacionalismo catalán. Esas realidades operan como una suerte de grupos de control que ayudan a reconocer pautas y singularidades del proceso catalán, que son menos de las que podríamos pensar. Y es que, a diferencia de las familias, las historias tristes de las sociedades se parecen. Alonso, que conoce bien esos procesos, acude a ellos, entre otras cosas, para mostrarnos que tampoco en la locura andamos solos y que, aquí y allá, cuando la patología se extiende, acaba por infectar incluso a las mejores mentes.

Es ahí, en la reconstrucción de cómo se ha impuesto una ficción sin anclaje cabal en la realidad, donde Alonso afina su mirada. La extensión entre las gentes del desajuste, entre lo que es y lo que se cree que es, no puede entenderse sin unos mecanismos psicológicos y sociales que el nacionalismo ha manejado con enorme inteligencia. No resulta asombroso. El nacionalismo, por definición, es ingeniería de almas, por lo dicho más arriba, porque se inventa la nación. Si eso es así en todos los casos, en el caso catalán la ingeniera social se ha desplegado con un talento excepcional. Ha forjado un mito en las condiciones más adversas, enfrentada a una realidad, demográfica y cultural, en las antípodas del mito. Quizá por eso mismo la determinación con la que se aborda la tarea ha sido tan resuelta y, desde luego, sin la menor sensibilidad liberal. Lo muestra, por ejemplo, un documento interno de 1990 que público el Periódico (28 de octubre de 1990), el que se detalla el programa. Allí, entre otras muchas tareas, se apuesta por «incidir en la formación de los periodistas para garantizar una preparación con conciencia nacional catalana; introducir gente nacionalista en todos los puestos clave de los medios de comunicación; conseguir que los medios de comunicación pública dependientes de la Generalidad sean transmisores eficaces del modelo nacional catalán; crear una agencia de noticias catalana de espíritu nacionalista; impulsar el sentimiento nacional catalán de profesores, padres y estudiantes; reorganizar el cuerpo de inspectores de forma y modo que vigilen el correcto cumplimiento de la normativa sobre la catalanización de la enseñanza; vigilar de cerca la elección de este personal; incidir en las asociaciones de padres, aportando gente y dirigentes que tengan criterios nacionalistas; y velar por la composición de los tribunales de oposición”.

Una calculada contabilidad de incentivos y penalizaciones sabiamente administrada, bien calibrada en sus modulaciones y aplicada con minuciosidad neurótica a cada rincón de la vida social, ha encauzado unas voluntades humanas que llevan mal la vida a la intemperie y que, al construir sus convicciones, operan según el principio de recalar allí donde encuentran menos resistencia. Un apartado especial de la operación, fundamental para su éxito, resultó el dedicado a conquistar, con halagos y regalías, la complicidad de unos intelectuales que, con escasas manías y en menos tiempo que el que se tarda en contarlo, transitaron desde la retórica de la emancipación social a la de la liberación nacional. Por supuesto, una operación de esa magnitud requería olvidarse de elementales principios liberales en el trato con unas instituciones que el nacionalismo patrimonializará sin rubor y de la mirada limpia de una realidad social y cultural en lo esencial idéntica a la del conjunto de España, esto es, del bien y de la verdad. Pero eso, a qué engañarse, no era un tributo excesivo para un gremio que nunca se ha tomado en serio y de cuya fragilidad moral hay sobradas pruebas, entre otras razones, por la que recuerda Upton Sinclair, en una cita recogida por Alonso: «Resulta sumamente difícil conseguir que una persona entienda algo cuando su salario depende de que no lo entienda».

Todo eso está en el libro, si bien inserto en un guión teórico que a veces se impone al relato de los acontecimientos y ralentiza el curso de la exposición. Se entiende. Porque Alonso, aunque se esfuerza por documentar cada una de sus afirmaciones, no es periodista ni historiador, sino un filósofo, y no hay filósofo serio –otra cosa son los que escriben «a la que salga», que decía Cervantes– que no incluya entre sus divisas la famosa recomendación de Kant: «Las intuiciones, sin conceptos, son ciegas; los conceptos, sin intuiciones, son vacíos». De modo que, para pertrecharse de herramientas conceptuales con las que vertebrar sus conjeturas, acude a una perspectiva teórica –que, con alguna precipitación, podría calificarse como constructivista–, según la cual importa menos lo que hay que la recreación de lo que hay. Su idea central la resume una cita del siempre eficaz El Roto con la que se abre el capítulo segundo: «Lo importante no es lo que pasa, sino quien define los acontecimientos».

Entre las diversas teorías disponibles, acude el autor a la tesis central del llamado Enfoque de los problemas sociales, que afirma que, en los procesos sociales en común, se produce la existencia de un «divorcio referencial», una falta de correspondencia entre los datos objetivos y las percepciones y respuestas sociales: «lo determinante para la conversión de un asunto en problema no son las supuestas condiciones objetivas (los hechos o fenómenos en sí), sino los procesos sociales de definición colectiva de esas condiciones. De manera que la objetividad no hay que buscarla en el contenido o la estructura (en la ontología, el credo), sino en el proceso, en la actividad (en la sociología, en la cocina). De otra manera: lo objetivo no está en el mundo material, sino en el mundo social».

Seguramente, en el bazar de las teorías sociales hay otras perspectivas disponibles que también podrían resultar de provecho. En todo caso, la elegida ilumina bastante bien una estrategia política sostenida en inventarios de agravios y en la que los hechos, si existen, se estiran e interpretan más allá de lo razonable: la Guerra de Sucesión de 1714 como invasión; la Guerra Civil como guerra contra Cataluña; la emigración como ejercito de ocupación; el uso de la lengua común como un acto de «minorización» del catalán; las balanzas fiscales como expolio; las sentencias judiciales como imposiciones. Y, al final, un proyecto político, el de ahora mismo, que se entiende como el arqueo final de las injurias y humillaciones acumuladas, la factura a saldar. Una anécdota incluida en el libro resume la actitud: «Cuando un periodista preguntó a un paramilitar serbio en las colinas de Sarajevo por qué disparaba sobre sus vecinos de ayer, su respuesta fue: para vengar Kosovo. “Pero eso ocurrió hace ochocientos años”, le replicó el periodista. “Ya, pero yo me he enterado ahora”».

El lema kantiano, en sus peores versiones, avecina a hegelianismos acartonados, dispuestos a forzar el relato y cuadrar a martillazos la lógica con la historia, a sazonar con noticias oportunas guiones trazados a priori. Aunque el sentido común de Alonso lo aleja de esa tentación y la cobertura empírica cumple, sobre todo, la debida función de ejemplificar y dar contenido a las tesis, en algunos pasos conviven con problemas la reflexión de vuelo y la documentación detallista, y no quede claro si se está «verificando» la teoría o, por el contrario, ahormando la historia en un soporte teórico prescindible, compatible con lo que se cuenta, pero prescindible. Quizá lo mismo, y con más eficacia y claridad, podría contarse de modo más sencillo sin perder el sentido general, analítico y crítico. Sea por la necesidad de arropar en cada momento el andamio teórico, sea por otras razones, entre las que no cabe descartar las facilidades –y riesgos– de los procesadores de textos, que permiten reaparecer una y otra vez en el texto con –e insertar las– nuevas informaciones, el caso es que, en ocasiones, hay alguna sobrecarga de informaciones y digresiones –e incluso hasta alguna repetición literal, como en las páginas 24 y 202– que no allanan la lectura del un trabajo que, por lo general, y como decía, está escrito con gracia y buen pulso. Afortunadamente, el peligro, aunque pueda complicar la lectura de algunas páginas, no afecta al cuerpo general de la exploración de un complejo proceso que, como todos los procesos reales, históricos, no se deja capturar en una única teoría científica.

Sea como fuere, ordenados los acontecimientos uno detrás de otro, cuando se observa el cambio radical de opinión en el plazo de pocos años, y hasta en meses, no sólo de políticos y comentaristas, sino también de académicos que no deben tributos a la turbulencia de los días, incluso los simples testigos –como este reseñista– del proceso no podemos por menos de experimentar perplejidad y preguntarnos cómo ha sido posible que hayamos llegado a donde estamos. Sobre todo cuando se comprueba que no había agravio ninguno, que el modelo de financiación que el nacionalismo presentó un día como una conquista, al poco tiempo lo describía como un expolio. O que, según los estudios serios de estos asuntos, España es uno de los países más descentralizados de mundo, y, seguramente, el único donde la lengua minoritaria mantiene el monopolio en el sistema educativo y los calificados –por políticos profesionales con mando en plaza, no por trastornados en las redes sociales– como opresores y hasta invasores permanecen excluidos de la riqueza y del poder político. Y esos, «los colonos», son los más pobres, y son mayoría. Intelectualmente, la sensación es de aturdimiento, incluso de una fascinación atónita, hasta hipnótica, ante el vértigo de las vicisitudes.

Pero, si se trata de decantar emociones, al final se imponen la inquietud y la desazón al ver cómo la sinrazón, esa que contaban los libros de historia en sus peores páginas, puede llegar a prender tan cerca y tan rápido, y en las condiciones menos propicias: una sociedad rica, hasta opulenta, con una presencia pública sobredimensionada de la identidad cultural supuestamente ignorada, hasta llegar a distorsionar cómo son las cosas, quiénes son los verdaderamente excluidos de la vida institucional. Y el desánimo se ahonda ante lo más grave, lo que más inquieta a Alonso, que la patraña del trato injusto, el relato alienado, lo han dado como bueno, como si fuera la vida verdadera, quienes estaban naturalmente destinados a combatir el nacionalismo: la izquierda.

Ese es el reto que afronta Alonso en su libro: dar cuenta de las condiciones de posibilidad de ese proceso de enajenación. Porque, aunque no hay nacionalismo sin ficciones, en el caso del nacionalismo catalán resultaba superlativa la distancia entre lo que es y lo que se ha contado. Si se piensa bien, lo asombroso, lo necesitado de explicación es que esté costando tanto reconocer algo tan evidente, la naturaleza fantástica del relato. Abordar esa rara rareza, la dificultad de tantos para mirar al nacionalismo de frente, empírica y normativamente, queda para los siguientes volúmenes.

Félix Ovejero es profesor de Ética y Economía en la Universidad de Barcelona. Sus últimos libros son Proceso abierto. El socialismo después del socialismo (Barcelona, Tusquets, 2005), Contra Cromagnon. Nacionalismo, ciudadanía, democracia (Mataró, Montesinos, 2006), Incluso un pueblo de demonios. Democracia, liberalismo, republicanismo (Buenos Aires/Madrid, Katz, 2008), La trama estéril. Izquierda y nacionalismo (Mataró, Montesinos, 2011), ¿Idiotas o ciudadanos? El 15-M y la teoría de la democracia (Barcelona, Montesinos, 2013) y El compromiso del creador. Ética de la estética (Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2014).

Source: Revista de Libros/Blog de Gaiska
http://www.revistadelibros.com/resenas/la-propagacion-de-la-quimera
https://gaizkafernandez.wordpress.com/2015/04/08/felix-ovejero-resena-el-ultimo-libro-de-martin-alonso-el-catalanismo-del-exito-al-extasis-i-la-genesis-de-un-problema-social/

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